En San Luis Potosí, la problemática del agua ya no es solamente la escasez en los hogares, sino la confusión institucional que se genera por nuestras autoridades.
Mientras los ciudadanos reportan días (o semanas, meses, años…) sin servicio en distintas colonias de la zona metropolitana, las versiones oficiales no solo difieren: se contradicen una con otra.
Por un lado, el alcalde capitalino Enrique Galindo Ceballos asegura, que no existe una crisis de este recursos, pues argumenta que prácticamente todos los pozos operan salvo un par de ellos. En contraste, el gobernador señala un desabasto que sí está afecta directamente a la población.
A ello, se suma el titular de la Comisión Estatal del Agua, Pascual Martínez Sánchez, quien advierte que a la ciudadanía no se le puede mentir y que la crisis es evidente cuando muchos pozos no están funcionando. Y finalmente, desde la delegación de Conagua en San Luis Potosí, se plantea otro escenario: agua sí hay, pero el problema está en cómo se distribuye.
Pero más allá de quién tenga la razón técnica o política, la realidad es tangible: hay colonias sin agua, hay familias comprando pipas hasta dos veces por semana, hay ciudadanos organizándose con manifestaciones y en redes sociales para evidenciar el desabasto.
La percepción pública ya no se construye desde el discurso oficial, sino desde la experiencia diaria de abrir la llave y no encontrar ni una sola gota de agua.
Por si no fuera poco, se añade otro problema: la falta de claridad sobre las responsabilidades que tienen las autoridades: ¿A quién le corresponde garantizar el abasto? ¿Quién debe invertir en infraestructura? ¿Quién debería responder cuando el servicio falla? La responsabilidad parece diluirse, mientras la exigencia ciudadana crece.
Lo que hoy vive San Luis Potosí no es solo una crisis hídrica —si se le quiere llamar así o no—, es también una crisis de comunicación y coordinación institucional.
Y es que cuando hay cuatro versiones distintas sobre un mismo problema, lo que queda claro es que no hay una estrategia unificada para enfrentarlo y la afectada es la población.
Las y los potosinos no vivimos de declaraciones ni de diagnósticos técnicos: vivimos (o sobrevivimos) con lo que sale de la llave. Y hoy, en San Luis Potosí, lo que sale es silencio.













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